En un momento indeterminado de un futuro incierto, un adolescente encuentra un cofre con algo que parece ser un libro enterrado en el arenero de juegos de la casa de su abuela. Se nota que es antiquísimo, pero está en buen estado. Lo abre y queda perplejo.
No es un libro ¡Es un cuaderno! En su vida ha visto muy pocos cuadernos escritos a mano. Por primera vez está en presencia de uno con continuidad narrativa. No son ideas sueltas, anotaciones o simples «ayudamemorias». Es una historia, con un principio, un desarrollo y un final.
Atardece. Sin saber porqué, opta por no revelar a nadie su descubrimiento.
Tras dejarlo guardado, lo abre en su cama al acostarse. Es viernes. Tiene toda la noche por delante. La necesitará. Se trata de descifrar caracteres antiguos, no tan fáciles de seguir para él, parecidos a los de las portadas de los discos vintage que le gustan a su tío.
Cada frase que lee es un tesoro. Le intriga el sentido de que alguien se tomara la molestia de escribirlas así, en un arcaico estilo artesanal, propio de tiempos en los cuales los humanos eran exclusivos amos de la palabra.
Empieza con una declaración inesperada, fuera de lugar e impactante: «Soy el peor surfista del mundo…».

CAPÍTULO I: El Peor Surfista del Mundo
Soy el peor surfista del mundo. Para ser más preciso: el mejor de los peores. Porque, aun con un defectuoso desempeño visible, he llegado más lejos que nadie en las dimensiones más sublimes de este deporte, desconocidas para la mayoría -incluyendo surfistas profesionales-, pero esenciales para quien es consciente del lugar que el surf ocupa en el devenir de nuestro tiempo.
Surfear es más que ejercitar una disciplina olímpica, conectar con el mar o un un estilo de vida. Todas ellas son verdades, pero incompletas.
El surf es un acto de reivindicación, en toda regla, de los valores humanos que están siendo acorralados.
Y en eso, los surfistas, especialmente los malos y limitados técicamente, los de clase media y con ponchera, a quienes todo nos cuesta el triple, que aprendimos ya entrados en la adultez porque antes nos parecía -y era- inaccesible; a quienes nada jamás nos saldrá natural como a los niños que muy chicos lo aprenden tan orgánicamente como a caminar; los solitarios y anónimos riders1 que más nos caemos de la tabla que triunfamos sobre ella; ésos surfistas, sobre todo nosotros, los del Litoral Central, somos una declaración de principios flotante, que los habitantes de los balnearios a veces pueden ver recortados contra el horizonte cuando pasean por alguna playa poco concurrida cualquier día del año.
Ahí estamos instalados: un lunes de agosto a las 10:45 de la mañana; un domingo de septiembre de amanecida a las 6:30; un 24 de diciembre al atardecer. Marcando la pauta de algo que ni siquiera logramos entender.
¿Cómo es que me convertí oficialmente (porque el título no me lo puse yo, lo decretó un jurado formal, exigente, especializado y poderoso) en el mejor de los peores surfistas del mundo sin que ningún diario, matinal o podcast -ni siquiera mi mamá- se enterara?
Trataré de ser, aunque el entusiasmo ponga en riesgo permanentemente cualquier orden racional -sólo pido comprensión al respecto-, ponderado e imparcial en mi narración.
Antes de siquiera intentar correr una buena ola, o incluso una olita más o menos nomás, lo primero que se necesita es saber remar; a veces remar mucho y contracorriente. En ocasiones, sólo remar sin recompensa. Un surfista estándar pasa el 98% del tiempo remando o flotando y sólo un 2% (o menos) corriendo olas. Invito a quien se interese en mi relato, antes que todo y siguiendo un orden lógico, a que me acompañe a remar por los orígenes de esta historia. Cuando uno inicia la cruzada de internarse al mar es depositario de una sensibilidad especial; va rebosante de expectativas -a veces miedos- y preparándose mentalmente para lo que pueda pasar en un espacio plagado de imprevistos. Remar hacia la ola es la parte menos glamorosa. Agotadora, pero imprescindible.
La ausencia de glamour es un tema respecto del cual, muy a mi pesar, tengo conocimiento empírico de sobra.
Mis inicios fueron de los menos refinados de los que se tenga recuerdo en el siempre exigente surf de Pichilemu. Porque allá, en La Puntilla de Pichilemu, Chile, Sexta Región de O’Higgins, no en el Litoral Central (tampoco en Punta de Lobos, por supuesto), se inició, sin grandes expectativas y a los tropiezos, como toda buena historia, este peregrinar.
La mayoría de quienes prueban suerte en el surf logra pararse por primera vez sobre la tabla en algún punto de sus tres primeras sesiones o clases prácticas. Muchos, durante la primera. Y repiten más de una vez. Le encuentran la maña, como quien dice.
Yo llevaba más de un año entrenando todos los fines de semana, con una entrega religiosa -bus de Santiago a Pichilemu al salir del trabajo cada viernes / sesión matinal de sábado / siesta / sesión vespertina de sábado / pizza / un buen libro / temprano zzz / sesión matinal de domingo / de vuelta a Santiago antes de mediodía para no pagar más que dos días de alojamiento-; llevaba más de un año siguiendo metódicamente esta rutina, sin falta cada semana, todos los meses y, después de todo ese tiempo, aún no me había parado ni una sola puñetera vez.
Aun derramando incondicionalmente esa cantidad ingente de tiempo y entusiasmo sobre la cruzada de correr tabla, ni cerca había estado de encontrar clave alguna que me permitiera algo factible de ser considerado un avance, mejora o evolución.
Todo en el surf. Todo, desde los grandes encuadres hasta los más mínimos detalles, me desafiaba a muerte por su dificultad.
Llegué a pensar, lo sigo pensando, que es una actividad que alguien puso en mi vida -Dios- para incomodarme en una forma ruin y ponerme a prueba en problemáticas y conflictos ilustrados en la práctica del surf, pero mucho más profundos y de un alcance que recién ahora empiezo a comprender.
Fui condenado a demostrar una entrega de comediante que busca la fama a punta de payasadas que lo exponen al ridículo, debiendo sobreponerme siempre a complicaciones nada heroicas. Nimias, pedestres; detalles insulsos, más cercanos al absurdo que a la épica.
Veamos:
Mi contextura física no calza con la del prototipo de un surfista. Nada. Mido cerca de 1,90 y mi peso ha rondado, los últimos 20 años, entre los 80 y 100 kilos dependiendo de la época. Tal como en todo deporte que exija a su cultor subirse sobre algo que sostenga su propio peso -un aparato o un ser vivo, como el caballo purasangre en la hípica-, en el surf lo tiene más fácil la personita de baja estatura y peso moderado. Por eso los niños “vuelan” en sus tablas. Y riders maravillosos, como Ítalo Ferreira, Kelly Slater o Filipe Toledo, son bajos y livianos. Literalmente jinetes de olas. Mientras yo, alto y pesado. Una mala mezcla entre don Quijote y Sancho Panza, más Rocinante y el Rucio; todos a la vez, en un perfecto atado de complicaciones, con piernas largas que vuelven kilométrico el desafío de alzar el centro de gravedad desde el nivel del mar para ponerse de pie de un salto, en un movimiento magno que debe ocurrir, y esto es lo más difícil, en el momento y lugar justos para que la ola genere el impulso adecuado.
¡Cuánta dificultad concentrada en una fracción de segundos!
El Takeoff2 es y sigue siendo mi talón de Aquiles. Mi Criptonita. La horma de mi zapato. La de muchos como yo. La barrera que por años me impidió saber cómo se siente -cómo se siente de verdad- correr una ola.
Pero lo iba a lograr. ¡Vaya que lo lograría! No lo sabía entonces, pero esa maniobra era como un dique. Un tapón. Una represa. Una vez que lograse desbloquearla, un torrente indomable de surf se desataría por todas partes.
CONTINUARÁ
- Rider: sinónimo de surfista. ↩︎
- Takeoff: maniobra clave en el surf, consistente en ponerse de pie sobre la tabla después de remar acostado sobre ella, justo en el momento en el cual se recibe el impulso de la ola. ↩︎
Rema contracorriente junto a Litoral Surfer
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