¿Cómo así fue que, siendo un adulto cabal, me interesé por el surf? ¿Por qué la búsqueda de sentido se encaminó directamente hacia el universo del surfing y no del andinismo, la pesca con mosca, la filosofía o la filatelia?

Podría argüir distintas razones, pero la única determinante es que hubo un tiempo en mi vida en el que fui presa de mi destino verdadero al acentuarse las fisuras de carácter que auguran los grandes cambios: me sentía desencajado. Dislocado. O descentrado. Dejémoslo en fragmentado.

Esta condición me producía dolor. Dolor en el alma. Ignoraba qué me generaba tanta incomodidad permanente, con todo y con todos, la cual no se manifestaba en la forma de la tristeza ni de la rebeldía, sino como tedio, desinterés y frialdad exacerbados. Era un extranjero, donde fuese que mis pies se posaran. Ajeno y sin cuidado por la suerte que corriesen los habitantes de cualquier territorio. Partiendo por mi propia casa.

¿De dónde provenía mi fragmentación?

De donde mismo proviene la tuya.

Todos, además de nuestras respectivas batallas individuales, somos hoy víctimas del mismo depredador. Que no por común y masivo es menos implacable. Su táctica de ataque es sutilmente demoledora: nos priva de nuestra unidad espiritual y física, dejándonos de inmediato a merced de lo que sea. Inconscientes, llenamos el vacío en ciernes con la misma ponzoña que aquel verdugo nos dispensa en dosis altamente adictivas.

Cuando almuerzas con un grupo de amigos, quizás del colegio o de la infancia -quiero decir amigos reales, cercanos, del alma, no aparecidos ni recién llegados- y algunos de ellos, tal vez tú mismo, pasan la velada más pendientes de sus celulares que de lo que tienen por aportar verbalmente o a través de sus silencios quienes han decidido reunirse (por buenas razones: trabajan en esquema remoto, es el formato que les permitió llegar al almuerzo, de otro modo no habrían podido; o hay importantes coordinaciones familiares asociadas a quién y a qué hora se recoge a los niños de la escuela o de algún taller, que de no gestionarse serían una irresponsabilidad parental, etc. ¡Muy buenas, contundentes razones!). ¿Dónde están? ¿Cómo están? ¿Cómo estamos todos? ¿Cómo se distribuye nuestra presencia en el mundo? Están, estamos, dislocados. Desencajados: la vista, el oído, el olfato y el tacto departiendo con los amigos; la cabeza en el proyecto de la oficina; el corazón cuidando del bienestar de los hijos. ¡Fragmentados!

Yo lo estaba. Más que nadie.

Una tabla de surf tiene un alma1, que se ubica longitudinalmente en el eje, distinguiendo lo esencial de lo periférico. ¿Dónde estaba la mía? En una orilla, casi cayéndose. En cualquier parte, menos en el centro.

Y mi respuesta, en lugar de la explosión, eran la apatía y el tedio.

Pero mi Yo profundo no iba a permitir que siguiera viviendo de esa manera. Y me daría señales (algunas de ellas las sigo tratando de descifrar) donde menos me lo esperaba:

En paralelo con mis primeras incursiones en el surf tuve la suerte de conocer Rapa Nui (o Isla de Pascua). Fui solo, por una semana y media.

No puedo jactarme de haber sido un chico «outdoor» alguna vez en mi vida. Conocí algunos de verdad, yo no lo era. El asunto es que en aquella ocasión me pareció perfectamente natural meterme en una carpa y alquilar una bicicleta todo terreno. Y punto. Ninguna otra planificación turística. Bastaba y sobraba con una tienda de campaña en un sitio eriazo + un vehículo a tracción humana.

El primer día recorrí media isla en bici y mi única recompensa fueron cansancio y sed.

El segundo día recorrí la otra mitad y empecé a disfrutarlo de verdad.

El tercer día mi dinámica terminó por asentarse: salía muy temprano en mi bicicleta todo terreno, con una mochila chica con un libro, fruta, yogur y galletas de avena (carga livianísima) al hombro; recorría todo a campo traviesa lo más cerca de la costa posible y, cada pocos minutos, paraba a nadar en el mar; donde fuera; y volvía a montar en bici estilando, con las zapatillas calzadas sin calcetines sobre pies mojados que se volvían a secar muy rápido por el calor, señal inequívoca de que era pertinente volver a detenerme para entrar al mar. Sin llevar toalla. El agua de mar y el sol hacían el trabajo de lavado y centrifugado de todo mi ser.

Así por horas. Por días. Sin reloj, sin celular (enterrados ambos como ofrenda al pie de mi carpa), sin calzoncillos ni muda de ropa. Ni nada más en mi horizonte.

Cuando llevaba más de una semana, bronceado, con el pelo rígidamente apelmazado por los baños continuos de agua salada, oliendo a rayos (poco me importaba estando en uno de los vértices del Triángulo de la Polinesia), hice el recorrido acompañado por una pareja de canadienses de mi edad (en ese entonces, treinta y tantos). Cuando, a mi insinuación, detuvimos nuestras bicicletas en el primer roquerío distante del camino «oficial» y me metí a bañarme en unas pozas profundas que allí había y que a todas luces parecían estar fuera de los recorridos turísticos habituales, me di cuenta que me miraban raro. Pensaban que era imprudente mi práctica de meterme al agua en cualquier parte, solo, ignorando qué había en el fondo, en los alrededores ni conociendo las corrientes.

Me quedé un rato flotando mientras me esperaban. Yo no quería continuar aún. Ellos sí. Tenían una agenda que cumplir. Yo no.

Me sentí salvaje frente a ellos. Entre un buen salvaje y un maldito sudaka. Se excusaron amablemente, me abandonaron. Y súbitamente fui feliz.

Mi alma estaba en el centro. Y me invitaba a preguntarme: «¿Por qué casi siempre en tu vida te comportas como un ejecutivito nervioso?».

Surfear, especialmente en el Litoral Central; surfear solo, en playas como la Peña Blanca, Cuesco o Ahogados, es reencajarme. No importa que no haya olas o que el mar fluya desordenado o como quiera que decida fluir. Se trata primordialmente de estar allí. Sólo estar. Basta con la expectativa de que quizás, quién sabe, se levante una ola épica inesperada. A veces, de la nada, ocurre. Otras, la mayoría, no pasa mucho. Pero eso, para mí al menos, y en esto incluyo a todos los malos surfistas consciente de lo que se juega en el mar, es lo de menos.

El surf es la bandera enterrada en la cima del monte que marca la soberanía del mar sobre nosotros.


Cada ola nos devuelve la dignidad perdida en toda una vida fingiendo que no éramos surfistas, o pescadores, o recogedores de cochayuyo, que es lo que somos con orgullo y nos llevaremos a la tumba en caso que el Estado no permita a nuestros hijos esparcir nuestras cenizas sobre las olas de las playas que amábamos.

Uno en la actualidad se supone que no debería querer ser pescador o agricultor. No me refiero a ser dueño de una salmonera o terrateniente exportador de cerezas. Me refiero a ser peón de la pesca o de la agricultura.

Cuando vives en la costa, no deberías criar a un hijo permitiéndole que alguna vez pase por su cabeza hacer carrera como buzo recolector. Pero serlo es para mí lo más parecido a la sensación de plenitud que experimenté en Rapa Nui y cada vez que entro al mar sobre mi tabla en una playa flanqueada por más rocas y piqueros que personas y automóviles.

Surfear conlleva el placer de descender peldaños en la escala social y evolutiva, sin que te importe. Porque en el fondo sabes que te acerca a la esencia de lo que debería ser un hombre. Eso no lo dan los deportes en equipo. Ni las profesiones que producen líderes. No tengo nada contra ellas. Pero este es un asunto entre uno y el universo. La travesía obligada anterior a imaginar siquiera invitar a otros a sumarse a una aventura colectiva. El tipo de cosas que deben haber sentido los humanos primitivos, los habitantes de la verdad. La verdad al descampado. La verdad con vértigo de despeñadero. A la que en el mundo actual sólo en un par instantes fugaces en toda nuestra vida, con suerte, nos logramos asomar.

No todo en el surf es hermoso. Pero es verdadero. Es simple. Prosaico. Áspero y radical. Por eso un surfista mediocre y sufrido está en mejor posición de poder comunicar lo que realmente se juega en el agua. Los buenos surfistas se extravían fácilmente en el éxito pequeño. Al creer que tienen algún tipo de dominio sobre el mar, pierden no sólo la amabilidad hacia los principiantes, sino también la perspectiva. Y dejan tras una ola surfeada con maestría técnica, una estela de vanidad simplona que es justo lo que queríamos dejar fuera del agua en primer lugar. Así es como, para muchos, pasa a ser un deporte más, en el cual se progresa entrenando, se pueden conseguir auspicios y hacer una carrera. Y deja de ser cuestión de supervivencia elemental. Como lo es para el rider que deposita, sin contemplaciones, su vida completa sobre la tabla.

Por eso aguanté y sigo aguantando de todo.

CONTINUARÁ

  1. Alma: núcleo de una tabla de surf. Listón medular, base, que la cruza de punta a punta como una columna vertebral. ↩︎

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